sábado, 5 de julio de 2014

Se terminó la Luna de Miel y ¿ahora qué?

Antes de casarme entre lo estresante que significa organizar una boda y la ilusión que también provoca la misma, escuché infinidades de veces  de personas que llevan algunos o muchos años casados, que luego de la pomposidad del evento y lo romántico de la luna de miel sintieron una mezcla de incertidumbre y decepción respecto al matrimonio, muchos decían “si me case y ¿ahora qué? O ¿era esto el matrimonio?. Es que la sociedad te prepara para el matrimonio solo hasta la luna de miel, nunca he visto una película o novela donde el final no sea un “vivieron felices para siempre” y la escena no sea una pareja en la iglesia contrayendo nupcias o algo por el estil. Pues, ahora que ya estoy arribando a mi primer año como mujer casada, te puedo decir que allí no termina todo sino que apenas es el inicio, de lo que será tu vida.

Aunque parezca trillado, es en el matrimonio donde empiezas a conocer a tu pareja, sus manías mas incomprensibles, su malhumor, los defectos que supo maquillar y esconder muy bien durante el noviazgo. Pero conocer a alguien profundamente no solo implica cosas malas, conoces sus sueños, sus miedos más profundos, algunas frustraciones, sus gustos (más allá de su color favorito), y a medida que vas más y más a tu pareja le vas comprendiendo mejor y la vas amando aún más. Descubres que no era el hombre o la mujer  perfecta que tú crías y que habías idealizado, pero esas imperfecciones precisamente forman parte de la personalidad de ese ser, que ya no es otro individuo, sino que es uno contigo. Como dice la Biblia “serán una sola carne”.

Ser una sola carne, implica mucho más que la relación sexual, ser una sola carne significa que ahora “mis sueños” son “nuestros sueños” que “sus problemas” son “nuestros problemas” y que ya no “soy yo” sino que “somos nosotros”. Por eso en mi poca experiencia he aprendido que un matrimonio exitoso no es apto para egoístas. Cuando nos casamos tenemos que aprender a negarnos un poco, el negarse va desde las cosas más  simples a las más complejas. Desde la esposa que un día no desea cocinar, planchar o limpiar; o el esposo que un día deja de comprarse cosas para él mismo, por llevar cosas elementales a su casa o simplemente complacer los gustos y pequeños caprichos de su pareja. Negarse también está en entender que no siempre voy a ganar y aun cuando tengas razón, en oportunidades vas a tener que callar y orar; es decir, dejarle las cosas a Dios y al tiempo,
Pero eso no se compara con la alegría y seguridad que te da el saber que no estarás mas solo, que alguien te espera en casa, para reír de las cosas graciosas del día a día, pero también para llorar por las grandes derrotas y alentarte a seguir. En el matrimonio todos los días tendrás una cama caliente y unos brazos para tocarte y sentirte, cuando este bonita (o) o fea; saludable o enferma; sin maquillaje de buen o mal humor.

La intimidad que crece a medida que avanza el tiempo, los convierte en cómplices de sus aventuras, de sus victorias, de sus derrotas. Con el día a día van construyendo su futuro, pero también van gozando del presente. En ocasiones el estrés y la rutina van a querer hacer meollo en su relación. Pero, si aunque sea, uno de los dos se da cuenta a tiempo y actúa, las cosas pueden cambiar. Bailen juntos, rían, háganse cosquillas, prepárense una comida rica, salgan al teatro y el cine, hagan cosas diferentes. Pero sobre todo, respétense y ámense mucho. Con mi matrimonio yo he aprendido, que verdaderamente para pelear se necesitan dos, muchas veces la que está dispuesta hacerlo soy yo, pero mi esposo saca algún chiste, algún cariño que nos lleva a olvidar el percance. Por supuesto el crédito no lo tenemos nosotros, se lo debemos a Dios, ha sido una lucha constante por no descuidar nuestra relación con Dios, tanto personal como en pareja, y aunque parezca increíble cuando dejamos un poco la oración (como esposos) es cuando florecen las aristas de nuestros caracteres y las peleas se hacen un poco constantes. Gracias a Dios hemos reaccionado a tiempo y nunca nada ha pasado a mayores.

Afortunadamente, luego de la luna de miel, yo entre con emoción a la aventura que supone construir tu vida junto a otra persona, y si hoy en día me preguntas si recomiendo a otros casarse, diría una y mil veces que sí, pero que lo hagan con alguien que también este dispuesto a negarse como tu lo harás, que muchas veces quiera gritarte y salir corriendo pero que te ame mucho más, para soportarte aún en tus peores momentos, cásate con quién verdaderamente disfrutes pasar el tiempo, incluso disfrutar no hacer nada, solo estar juntos. Cásate con la persona que te ame cuando la ropa se valla y descubras tus imperfecciones físicas, con aquel (ella) cuando el tiempo y los años dejen su huella sobre ti, con ese (esa) que sabrá educar  y amar el legado que los dos dejen en la tierra; sus hijos. Cásate con aquella persona que este dispuesto a pelear “junto a ti” no, “contra ti”, que defienda su relación y que entienda que el divorcio no es una opción.

En realidad, la única garantía que tenemos que el matrimonio resultará es Dios; el inventor del matrimonio y fundador de la familia. Definitivamente él no se equivoca y si diseño un plan para que dos personas imperfectas y distintas logren convivir en paz y formar una familia feliz, es porque si es posible.

Por mi parte, sé que me falta mucho por recorrer, pero seguiré esforzándome día a día, aprendiendo de los errores; pero también gozando y disfrutando de una de las mejores relaciones (sociedad) que Dios creó para el ser humano, con la persona que desde antes de conocerla destinó para mí.

Feliz I Aniversario amor!
Rosales Rossangely 06/07/2014